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Fra Angelico en el Refectorio de San Domenico

c. 1879
Oleo en lienzo, 55 x 69 cm
Galleria Palatina (Palazzo Pitti), Florencia

Lorenzo Gelati fue inspirado por la descripción de un fraile devoto de Vasari. Con paleta en mano y la cabeza baja en oración, el piadoso Angelico se muestra arrodillado frente a su fresco de Cristo Crucificado en el convento de San Domenico en Fisole, dónde él era fraile.

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Lorenzo Gelati was inspired by Vasari's description of the devout friar. With palette in hand and head lowered in prayer, the pious Angelico is shown kneeling before his fresco of the crucified Christ in the convent of San Domenico in Fiesole, where he was a friar.

Crucifixión con Santo Domingo


1440-45

Fresco, 435 x 260 cm
Musée du Louvre, Paris

Resurrección de Cristo y las mujeres en la Tumba (celda 8) - Fra Angelico


Resurrection of Christ and Women at the Tomb (Cell 8)

1440-42
Fresco, 181 x 151 cm
Convento di San Marco, Florence

This is the fresco on the wall of Cell 8 of the Convento di San Marco in Florence.

On the left, St Dominic in meditation. The three women on the right were painted by Benozzo Gozzoli who that time was an apprentice in the workshop of Fra Angelico. He collaborated in the pictorial decoration of the Dominican convent of San Marco.
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Este es el fresco en la pared de la celda 8 del Convento de San Marco en Florencia.

A la izquierda, Santo Domingo en meditación.  Las tres mujeres a la derecha fueron pintadas por Benozzo Gozzoli quien en ese tiempo era un aprendiz en el taller de Fra Angelico.  Él colaboró en la decoración pictórica del Convento Dominico de San Marco.


Sobre la Natividad de Nuestro Señor Jesucristo por San Cirilo de Alejandría, obispo (Libro 5, cap. 2: PG 73, 751-754)

1440-41
Fresco, 193 x 164 cm
Convento di San Marco, Florence

Cuando el Creador del universo decidió restaurar todas las cosas en Cristo, dentro del más maravilloso orden y devolver a su anterior estado la naturaleza del hombre, prometió que, al mismo tiempo que los restantes bienes, le otorgaría también ampliamente el Espíritu Santo, ya que de otro modo no podría verse reintegrado a la pacífica y estable posesión de aquellos bienes.

Determinó, por tanto, el tiempo en que el Espíritu Santo habría de descender hasta nosotros, a saber, el del advenimiento de Cristo, y lo prometió al decir: En aquellos días -se refiere a los del Salvador- derramaré mi Espíritu sobre toda carne.

Y cuando el tiempo de tan gran munificencia y libertad produjo para todos al Unigénito encarnado en el Mundo, como hombre nacido de mujer, -de acuerdo con la divina Escritura-, Dios Padre otorgó a su vez el Espíritu, y Cristo, como primicia de la naturaleza renovada, fue el primero que lo recibió. Y esto fue lo que atestiguó Juan Bautista cuando dijo: He contemplado al Espíritu que bajaba del cielo y se posó sobre él.

Decimos que Cristo, por su parte, recibió el Espíritu, en cuanto se había hecho hombre, y en cuanto convenía que el hombre lo recibiera; y, aunque es el Hijo de Dios Padre, engendrado de su misma substancia, incluso antes de la encarnación -más aún, antes de todos los siglos-, no se da por ofendido de que el Padre te diga, después que se hizo hombre: Tú eres mi Hijo: yo te he engendrado hoy.

Dice haber engendrado hoy a quien era Dios, engendrado de él mismo desde antes de los siglos, a fin de recibirnos por su medio como hijos adoptivos; pues en Cristo, en cuanto hombre, se encuentra significada toda la naturaleza: y así también el Padre, que posee su propio Espíritu, se dice que se lo otorga a su Hijo, para que nosotros nos beneficiemos del Espíritu en él. Por esta causa perteneció a la descendencia de Abrahán, como está escrito, y se asemejó en todo a sus hermanos.

De manera que el Hijo unigénito recibe el Espíritu Santo no para sí mismo -pues es suyo, habita en él, y por su medio se comunica, como ya dijimos antes-, sino para instaurar y restituir a su integridad a la naturaleza entera, ya que, al haberse hecho hombre, la poseía en su totalidad. Puede, por tanto, entenderse- si es que queremos usar nuestra recta razón, así como los testimonios de la Escritura- que Cristo no recibió el Espíritu para sí, sino más bien para nosotros en sí mismo: pues por su medio nos vienen todos los bienes...

Del Comentario de San Cirilo de Alejandría, obispo, sobre el evangelio de san Juan (Libro 5, cap. 2: PG 73, 751-754)


Mocking of Christ, ANGELICO, Fra (b. ca. 1400, Vicchio nell Mugello, d. 1455, Roma)


This is the fresco on the wall of Cell 7 of the Convento di San Marco in Florence.

The contemplative restraint of the San Marco frescoes is nowhere better illustrated than in The Mocking of Christ. Rather than paint Christ's humiliations in their full violence in a complex narrative work, they are reduced to a series of iconographic symbols. In doing this Angelico was drawing on established trecento precedents.

In a plain-walled room Christ sits on a dais in a luminous white robe and tunic. The great slab of white marble beneath Him adds to the air of radiant whiteness surrounding Him. He is blindfolded, with a crown of thorns about his head. Behind Him hanging from a plain frieze is a screen on which are painted the emblems of his indignities: the head of the spitting soldier, the hands of the buffeters, the hand and stick forcing the thorns down on his head. On a low step at the front of the picture sit the Virgin and St Dominic. Neither regard Christ but sit with their backs turned towards him in poses of intense meditation - the depth of meditation that the frescoes were designed to assist each friar to attain.

Fra Angelico was assisted by Benozzo Gozzoli in the execution of this fresco.