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La Justicia - Virtudes

JACOBELLO DEL FIORE

Justice between the Archangels Michael and Gabriel (La Justicia entre los Arcángeles Miguel y Gabriel)
1421
Tempera on panel, 208 x 490 cm
Gallerie dell'Accademia, Venice

La justicia es una virtud sobrenatural por la que Dios infunde a la voluntad la inclinación constante y firme de dar a cada uno lo que en derecho es suyo (STh II-II,58,1). Después de la prudencia, es la más excelente de las virtudes cardinales, la que tiene un objeto más noble y necesario, y también más amplio, pues comprende el campo entero de las relaciones del hombre con Dios y con los hombres.

El cristiano por la justicia hace el bien (no cualquier bien, sino aquel bien precisamente debido a Dios y al prójimo) y evita el mal (aquel mal concreto que ofende a Dios o perjudica al hermano). La caridad extiende más o menos su radio de acción según los grados del amor; pero la justicia impone obligaciones estrictas, objetivamente bien delimitadas -aunque subjetivamente pueda en ocasiones haber dudas-. Y precisamente porque se trata de obligaciones objetivas y estrictas, pueden ser exigidas por la fuerza.

En la justicia se distinguen tres especies. La justicia conmutativa regula los derechos y deberes de los ciudadanos entre sí, dando o exigiendo a cada uno lo suyo. La justicia distributivareparte bienes y cargas, derechos y deberes entre los individuos, considerando honestamente sus méritos y necesidades personales. La justicia legal, fundada en la observancia de las leyes, inclina al individuo a contribuir al bien común de la sociedad como es debido.

Muchas virtudes derivan de la justicia o están a ella conexas. La fiel observancia respeta cuidadosamente las normas (Mt 3,15; 5,18). La obediencia reconoce la autoridad de los superiores. La afabilidad sabe tratar bien a los hombres. La piedad nos mueve a prestar a los padres y a la patria honor y servicio. La epiqueya o equidad nos lleva a apartarnos con justa causa de la letra de la ley para mejor cumplir su espíritu. La veracidad, la gratitud...



Pero la gran virtud de la religión, también perteneciente a la justicia, requiere mención aparte. Por ella el hombre se inclina a dar a Dios el culto debido, mediante actos internos (devoción, oración) o también externos (adoración, ofrendas, culto). La religión no tiene por objeto a Dios mismo, como las virtudes teologales, sino su culto. «La religión es una confesión de fe, esperanza y caridad» (STh II-II,101,3 ad 1m). Las virtudes teologales imperan el acto de la religión (81,5 ad 1m). Por otra parte, la religión impera sobre las demás virtudes (misericordia, laboriosidad, castidad, etc.), ordenándolas a la gloria de Dios (81,1 ad 1m; 88,5). Todo lo cual nos muestra que en la vida del cristiano debe haber habitualmente un amplio espacio para los actos propios de la virtud de la religión, concretamente para el culto litúrgico, que es «fuente y cumbre» de la vida cristiana (SC 10a).




Posted by Picasa


En la sección tercera "Singularidades relativas" un comentario delicioso de este extraordinario autor cristiano.

La obra de arte famosa aparece en la historia como una creación primordial, como un milagro inexplicable. Ninguna ley sociológica puede prever el día de su llegada ni valorar después su existencia. Ciertamente hay condiciones preliminares, muy importantes, sin las que esa no se puede realizar. Sin embargo, estas condiciones no son suficientes para explicar su existencia y valor. Sin duda Shakespeare tuvo predecesores, contemporáneos y toda una atmósfera teatral que favorecieron su aparición: pero esto no basta para explicar su talento. Para componer La flauta mágica Mozart tuvo ciertamente a disposición una gran cantidad de motivos y modelos vieneses e italianos, pero quién puede explicar cómo la forma primordial y única ha sido impresa en esta materia. En el mejor de los casos se puede intuir y barruntar un «kairós», pero jamás lo que concretamente da forma definitiva. Apenas surge la obra de arte famosa asume inmediatamente la dirección; ella tiene la palabra. El lenguaje único que ella habla se convierte en seguida en lenguaje común. La obra de arte famosa no se comunica con el lenguaje habitual que ya existía; sólo la nueva lengua que nace con ella es capaz de interpretarla, de autoexplicarla. Al principio los contemporáneos están aturdidos, después comprenden de improviso y hablan el nuevo lenguaje (el siglo de Goethe) como si ellos mismos lo hubieran inventado. Incluso a un niño apenas capaz de tararear las arias más simples le gusta oír La flauta mágica; el oído musical más fino y exigente no se cansa tampoco de escucharla: el recital de Pamino, el aria de Tamina y el trío de adiós son un misterio inagotable. Todavía una última observación: la obra de arte famosa es comprendida en cierto modo por todos; pero se revela tanto más profundamente cuanto más atenta y delicada es la sensibilidad de quien la contempla. No todos son capaces de gustar el sonido particular del griego de Sófocles, el alemán del Fausto o el francés de las poesías de Valéry. Sin duda las disposiciones subjetivas tienen su influencia, pero es mucho más importante la comprensión objetiva y la capacidad de distinguir lo noble de lo vulgar. Las filosofías del arte (como la de Schelling y Hegel) tratarán de proyectar en un horizonte de comprensión común las imágenes irracionales y arbitrarias y el mundo en ellas contenido, quizá -por qué no- con un éxito parcial. Pero a pesar de todo el «milagro» de una obra de arte famosa permanece siempre inexplicable.

¿POR QUÉ SOY TODAVÍA CRISTIANO?
por Hans Urs von Balthasar
Ediciones Sígueme, Salamanca, 1974