Muy buen sitio para aprender sobre canto llano y su papel en la Liturgia.
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La espera del alma a la venida del Señor No sé, oh Señor, a qué hora vendrás, Por eso vigilo continuamente y presto atención, Yo, Tu esposa por Ti escogida, Porque sé que Te gusta venir inadvertidamente, Pero el corazón puro desde lejos Te sentirá, Señor. Te espero, Señor, entre la quietud y el silencio, Con gran añoranza en el corazón, Con un deseo irresistible. Siento que mi amor hacia ti se vuelve fuego Y como una llama ascenderá al cielo al final de la vida Y entonces se realizarán todos mis deseos. Ven ya, mi dulcísimo Señor, Y lleva mi corazón sediento Allí, donde estás Tú, a las regiones excelsas del cielo, Donde Tu vida dura eternamente. La vida en la tierra es una agonía continua, Mientras mi corazón siente que está creado para grandes alturas, Y no lo atraen nada las llanuras de esta vida, Porque mi patria es el cielo. Ésta es mi fe inquebrantable.
Diario, § 1589
Papa Francisco
Se abrirán vuestros ojos
La luz de la fe: la tradición de la Iglesia ha indicado con esta expresión el gran don traído por Jesucristo, que en el Evangelio de san Juan se presenta con estas palabras: “Yo he venido al mundo como luz, y así, el que cree en mí no quedará en tinieblas” (Jn 12,46). También san Pablo se expresa en los mismos términos: “Pues el Dios que dijo: “Brille la luz del seno de las tinieblas”, ha brillado en nuestros corazones” (2 Co 4,6). Y es que la característica propia de la luz de la fe es la capacidad de iluminar toda la existencia del hombre. Porque una luz tan potente no puede provenir de nosotros mismos; ha de venir de una fuente más primordial, tiene que venir, en definitiva, de Dios. La fe nace del encuentro con el Dios vivo, que nos llama y nos revela su amor, un amor que nos precede y en el que nos podemos apoyar para estar seguros y construir la vida. Transformados por este amor, recibimos ojos nuevos, experimentamos que en él hay una gran promesa de plenitud y se nos abre la mirada al futuro. La fe, que recibimos de Dios como don sobrenatural, se presenta como luz en el sendero, que orienta nuestro camino en el tiempo. Por una parte, procede del pasado; es la luz de una memoria fundante, la memoria de la vida de Jesús, donde su amor se ha manifestado totalmente fiable, capaz de vencer a la muerte. Pero, al mismo tiempo, como Jesús ha resucitado y nos atrae más allá de la muerte, la fe es luz que viene del futuro, que nos desvela vastos horizontes, y nos lleva más allá de nuestro “yo” aislado, hacia la más amplia comunión. Nos damos cuenta, por tanto, de que la fe no habita en la oscuridad, sino que es luz en nuestras tinieblas… Deseo hablar precisamente de esta luz de la fe para que crezca e ilumine el presente, y llegue a convertirse en estrella que muestre el horizonte de nuestro camino en un tiempo en el que el hombre tiene especialmente necesidad de luz.
Encíclica “Lumen fidei”, §1,4 (trad. © Libreria Editrice Vaticana)
El más genuino gesto humano de FE es la oración personal... Cuando nadie nos ve, cuando no hay comunidad cuyo impulso nos arrastre.
Abba Silvano dijo: "¡Ay de la persona cuya reputación es mayor que su trabajo!"
Buenaventura se contagió y murió (y ahora es santo también) luego se contagió también Francisco y creyó que ya le había llegado la hora de partir para la eternidad, pero luego, de la manera más inesperada, quedó curado. El rey Felipe II pidió a los franciscanos que enviaran misioneros a Sudamérica y entonces sí fue enviado Francisco a extender la religión por estas tierras. Fue una gran alegría para su corazón. Cuando los marineros se desesperaban lo único que podía calmarlos era la intervención del Padre Francisco. Lograron que un barco los llevara a la ciudad de Lima. Fray Francisco Solano recorrió el continente americano durante 20 años predicando, especialmente a los indios.
Pero su viaje más largo fue el que tuvo que hacer a pie, con incontables peligros y sufrimientos, desde Lima hasta Tucumán (Argentina) y hasta las pampas y el Chaco Paraguayo.- Más de 3,000 kilómetros y sin ninguna comodidad. Sólo confiando en Dios y movido por el deseo de salvar almas. Y le sucedió en aquel gran viaje misionero, que lograba aprender con extraordinaria facilidad los dialectos de aquellos indios a las dos semanas de estar con ellos. Y le entendían todos admirablemente sus sermones. Sus compañeros misioneros se admiraban grandemente de este prodigio y lo consideraban un verdadero milagro de Dios.
Pero lo más admirable es que las tribus de indios, aun las más belicosas, y opuestas a los blancos, recibían los sermones del santo con una docilidad y un provecho que parecían increíbles. Un Jueves Santo estando el santo predicando en La Rioja (Argentina) llegó la voz de que se acercaban millares de indios salvajes a atacar la población. El peligro era sumamente grande, todos se dispusieron a la defensa, pero Fray Francisco salió con su crucifijo en la mano y se colocó frente a los guerreros atacantes y de tal manera les habló (logrando que lo entendieran muy bien en su propio idioma) que los aborígenes desistieron del ataque y poco después aceptaron ser evangelizados y bautizados en la religión católica. El Padre Solano tenía una hermosa voz y sabía tocar muy bien el violín y la guitarra. Y en los sitios que visitaba divertía muy alegremente a sus oyentes con sus alegres canciones.
Un día llegó a un convento donde los religiosos eran demasiado serios y recordando el espíritu de San Francisco de Asís que era vivir siempre interior y exteriormente alegres, se puso a cantarles y hasta a danzar tan jocosamente que aquellos frailes terminaron todos cantando, riendo y hasta bailando en honor del Señor Dios. San Francisco Solano misionó por más de 14 años por el Chaco Paraguayo, por Uruguay, el Río de la Plata, Santa Fe y Córdoba de Argentina, siempre a pie. Un día en el pueblo llamado San Miguel, estaban en un toreo, y el toro feroz se salió del corral y empezó a cornear sin compasión por las calles. Se le acercó a Fray Francisco y le lamía las manos y se dejaba llevar por él otra vez al corral. Por orden de sus superiores, los últimos años los pasó Fray Francisco en la ciudad de Lima predicando y convirtiendo pecadores.
Entraba a las casas de juegos y hacía suspender aquellos vicios y llevaba a los jugadores a los templos. En los teatros, en plena función inmoral hacía suspender la representación y echaba un fogoso sermón desde el escenario, haciendo llorar y arrepentirse a muchos pecadores. En plena plaza predicaba al pueblo anunciando terribles castigos de Dios si seguían cometiendo tantos pecados y esto conseguía muchas conversiones. En mayo de 1610 empezó a sentirse muy débil. Los médicos que lo atendían se admiraban de su paciencia y santidad. El 14 de julio, una bandada de pajaritos entró cantando a su habitación y el Padre Francisco exclamó: "Que Dios sea glorificado", y expiró. Desde lejos las gentes vieron una rara iluminación en esa habitación durante toda la noche.
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Al lado de san Romualdo, fundador de los camaldulenses, san Juan Gualberto, san Nilo y del monje Hildebrando, (futuro Gregorio VII) fue uno de los hombres más beneméritos e insignes de su tiempo. Pedro nació en Rávena en el año 1007 en una familia numerosa y pobre. Fue el hijo último; pronto quedó huérfano y al cargo de uno de sus hermanos mayores que lo trató con dureza extrema, casi como a un esclavo, teniéndolo descalzo y a medio cubrir con andrajos, encargado de cuidar de los animales de la granja. Visto en esa situación lo tomó otro hermano a su cuidado; era Damián, con corazón bueno; tan grande fue el cambio, que Pedro no olvidará el gesto y añadirá en adelante, como su segundo nombre, el de su hermano Damián.A la muerte de Landorfo lo eligieron abad. No dejó Regla escrita, pero sí quedó patente entre los monjes su espíritu: absoluto silencio, trabajo manual básico para vivir, mezcla de vida solitaria en celdas separadas y algunos actos comunes, mucha oración y abundante lectura espiritual. Fundó el monasterio de Nuestra Señora de Sitria y otros cuatro centros ermitaños más. La segunda parte de su vida está llena de encargos y legaciones apostólicas; los Papas recurren a él encomendándole asuntos que le llevaron a una actividad incesante para contribuir a mejorar la triste situación de la Iglesia del año 1044.En 1046, Pedro Damián asistió en Roma a la coronación de Enrique III, emperador del Sacro Imperio romano, que puso providencialmente término al actual estado de cosas. En 1047 está presente en el concilio de Letrán que promulgó ya varios decretos de reforma. Al regresar a Fonte-Avellana para recuperar su vida de penitencia y soledad es cuando se hace palpable la influencia de su espíritu y lo grande de su prestigio; escribió al Papa Clemente II para que dé impulso a la reforma, y escribe su libro Gomorriano o de los Incontinentes con el que anima a papas y dirigentes a poner remedio al mal.El Papa Esteban IX (1057-1058) lo nombró cardenal-obispo de Ostia (decano del sagrado colegio de cardenales) en 1057, a pesar de su resistencia; no tuvo el pobre Pedro Damián más remedio que ceder para no incurrir en la excomunión con que se le amenazó si osaba negarse una vez más. Prematuramente muere el Papa y se van al traste las esperanzas de reforma. Hay un intento de renuncia y de refugiarse en Fonte-Avellana, pero el papa Nicolás II, en 1059, lo hace legado para Milán; allí se soporta desde hace tiempo una desesperada situación por la simonía y la lujuria de los clérigos; convocó un sínodo y llegó a restablecerse el orden, terminando con el escándalo. El Papa Alejandro III (1061-1070) aprovechó su celo y servicios extraordinarios. Pedro Damián sacó abundantes escritos _irónicos, iracundos, anatematizantes y apocalípticos_ a la asamblea de Augsburgo para acabar con el cisma, porque hay antipapa. Otra legación, acompañada ahora por Hugón de Cluny, fue en 1063; debía intentar poner freno a Drogon, obispo de Maçon, y restablecer la justicia lesionada en la abadía de Bourgogne y otras cluniacenses como Limoges, San Marcial y Sauvigny.Se vio obligado a intervenir ante el joven rey Enrique IV en defensa de los derechos pontificios.No pretendía Pedro llevar una vida de incesante viajar. Pidió un descanso merecido al Papa Alejandro II y que se le aceptara la renuncia a todas sus dignidades; pero Hildebrando, que era cardenal desde que Gregorio VI echó mano de él para que le apoyase en la necesaria reforma.Pedro Damián acepta complacidísimo con tal de retirarse a Fonte-Avellana. En 1066 se le vio, por mandato de la Santa Sede, en Montecasino para solucionar el conflicto con los monjes de Vallehumbrosa. Se desplazó a Alemania porque Enrique IV intentaba su divorcio matrimonial y era preciso dejar claro ante el concilio los principios de moral cristiana. También fue preciso arrimar el hombro para reconciliar a su querida Rávena natal con el Papa, lo hizo como legado, en 1072. Precisamente cuando iba a dar cuentas a Roma de ésta última gestión se puso muy enfermo en Faenza, lo llevaron al monasterio de Nuestra Señora de los Ángeles, donde murió el 21 de febrero de 1072.León XII le declaró doctor de la Iglesia y gracias a su vida ejemplar pudo ser el precursor de la gran reforma llamada gregoriana por llevarla a término feliz el Papa Gregorio VII, desde que lo elevaron a la sede de Pedro en 1073.El eficaz Pedro Damián, monje como el más enamorado del monacato, sirvió a la Iglesia intentando dar solución a los más enrevesados problemas. Es palpable que la inmensa mayoría de sus contemporáneos seglares no hubieran podido ni siquiera arañar lo que él realizó, aunque ello le llevara a tener que fastidiarse sin poder disfrutar de la soledad que por vocación le hubiera gustado tener
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«Vuestra querida alma va bien, puesto que desea avanzar en el santo amor de nuestro Señor... y como el amor sólo habita en la paz, tened mucho cuidado de conservar la santa tranquilidad de corazón que tantas veces os he recomendado. ¡Qué felices somos, querida Hermana, de tener contratiempos, penas y sinsabores! Porque son los caminos del cielo, con tal de que se los consagremos a Dios».
Pero para avanzar por estos «caminos del cielo», nosotros, que estamos pegados a la tierra, tenemos que practicar ciertas «virtudes pequeñas», propias de nuestra pequeñez, pues, como dice el refrán, a vendedor pobre, cesto pequeño'. Estas son las virtudes que se practican más bien bajando que subiendo, y por eso se adaptan mejor a nuestras piernas: la paciencia, el aguantar al prójimo, el servicio, la humildad, la dulzura, la afabilidad, la tolerancia de nuestra imperfección». Observemos que en esta lista, la paciencia está colocada en primer lugar; y todas las «pequeñas virtudes» que la acompañan, la suponen y se apoyan en ella. Tenemos, pues, que ejercitarnos en ser pacientes para conservar la paz entre la multitud de nuestros quehaceres.
Es un continuo martirio el de la multitud de ocupaciones. Así como las moscas molestan a los que viajan en verano mucho más que el propio viaje, la diversidad y multitud de asuntos son más molestos que los mismos asuntos.
«Tenéis mucha necesidad de paciencia, y espero que Dios os la concederá si se la pedís con constancia y os esforzáis por practicarla fielmente, preparándoos cada mañana mediante un punto especial de vuestra meditación y tomando con empeño el recordar este consejo a lo largo del día, tantas veces como se os haya olvidado».
Y continúa:
«No perdáis la menor ocasión de ejercitar la dulzura con todos».
Y es que la dulzura de corazón tiene que impregnar nuestra paciencia. Ésa es una de las más urgentes recomendaciones de san Francisco de Sales:
«Hay que ser animoso y perseverante en dulzura y paciencia», escribe.
«Cuidad mucho la dulzura. No os digo que améis lo que debéis amar porque sé que lo hacéis. Pero sí os digo que seáis equilibrada, paciente y dulce. Y que reprimáis las salidas de tono de vuestro carácter, demasiado vivo y ardiente»
También hay que dominar el carácter, para conseguir, al precio de un largo esfuerzo, la dulzura serena y apacible.En forma indirecta se dirige san Francisco de Sales a la abadesa de Port-Royal, Angélica Ar-nauld, cuando escribe:
«Su prontitud natural es la causa de todos sus males, porque ella misma estimula su vivacidad y ésta estimula su prontitud. Decidle de mi parte que su mayor cuidado ha de ponerlo en ser sencilla, dulce y tranquila, y para ello debe hacer todos sus actos exteriores con más sosiego: su porte, su paso, sus ademanes, sus manos e incluso su lengua y sus palabras. Y que no le choque no conseguirlo en un instante. Para domesticar a un caballo y que aprenda el paso y admita la brida y la montura, hacen falta años».
San Francisco de Sales sonríe ante nuestra impaciencia por alcanzar la perfección después de haber leído libros que nos animan a ello.«La Introducción a la vida devota es una obra muy agradable y muy indicada para vos, queridísima hija. Lo que os perturba es que querríais ser de golpe como ella enseña. Sin embargo, la misma Introducción os dice que ajustar vuestra vida a esas enseñanzas no es cosa de un día sino de toda nuestra vida, y que no nos asombremos en absoluto de las imperfecciones en que caigamos mientras estemos empeñados en esta empresa. Hija mía, la devoción no es algo que se consigue a fuerza de brazos; claro que hay que poner mucho esfuerzo, pero lo más importante depende de nuestra confianza en Dios; hay que esforzarse sencillamente pero con cuidado».
Sí, la confianza en Dios será la que siempre sostenga y fecunde nuestro esfuerzo sosegado y paciente. Y el Santo se llena de gozo cuando encuentra un alma «enteramente dedicada al amor de Dios», y la anima a cultivar el espíritu de dulzura, de suavidad y de paz.
«Mucho me contenta saber que vuestra alma está totalmente dedicada al amor de Dios y que deseáis avanzar en él poco a poco con toda clase de santos ejercicios. Pero os recomiendo, sobre todo, el de la santa dulzura y suavidad en las ocasiones que tantas veces os presenta esta vida. Permaneced tranquila y serena con nuestro Señor en vuestro corazón».
Para esto, la multitud de molestias y dificultades nos es muy provechosa, porque nos ejercita en soportar todo dulcemente, bajo la mirada de Dios y por amor a Él.
«La multitud de molestias que os proporcionan los quehaceres de vuestra casa... os servirán muchísimo para hacer virtuosa vuestra alma, si os esforzáis por sobrellevar todo con espíritu de dulzura, paciencia y mansedumbre. Que vuestro corazón esté bien preparado para todo esto y pensad a menudo que Dios os está mirando con ojos de amor cuando os acosan las dificultades y preocupaciones, para ver si las lleváis según su beneplácito. Por tanto, aprovechad bien esas ocasiones, practicando su amor; y si alguna vez os impacientáis, no os desaniméis, sino volveos inmediatamente a la dulzura. Bendecid a los que os afligen y Dios os bendecirá, mi querida hija».
Y si la prueba parece demasiado pesada y nuestra paciencia se acaba, contemplemos a Cristo en los sufrimientos de su vida mortal y sentiremos una gran paz.
«La verdad es, queridísima hija, que nada nos puede dar una tranquilidad más profunda en este mundo que contemplar a nuestro Señor en todos los sufrimientos que padeció desde su nacimientó hasta su muerte; veremos en ellos tantos desprecios, calumnias, pobreza e indigencia, humillaciones, penas, tormentos, desnudez, injurias y toda clase de amarguras, que en su comparación comprenderemos que hacemos mal en llamar aflicciones, penas y contradicciones a las pequeñas contrariedades que nos salen al paso, y que no hay motivo para desear la paciencia por tan poca cosa, ya que para sobrellevar todo lo que nos pasa bastaría un poco de moderación».
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