Estimulado con su ejemplo, Pafnucio hizo grandes progresos en la vía ascética. Y entonces de nuevo se le ocurrió preguntar a Dios a quién de la tierra era semejante. Se le dio de respuesta que se parecía a un padre de familia que habitaba en la aldea vecina. El Santo anacoreta no tardó en visitarle, y si encontró con un hombre casado que desde hacía treinta años vivía con su mujer en estado de continencia, y practicaba la justicia, la bondad y la hospitalidad. Poco costó a Pafnucio llevárselo al desierto.
Este nuevo compañero fue para Pafnucio nueva ocasión de santificarse más, y cuando la muerte se lo arrebató lleno de méritos, el santo anacoreta pidió por tercera vez a Dios que le diera a conocer a quién de los hombres era semejante. Tu eres semejante, fue la respuesta, a un comerciante que vas a encontrar. Pasada una hora y cuando Pafnucio bajaba del monte, se encontró con un comerciante de Alejandría, que con tres navíos llenos de víveres y limosnas había venido para socorrer a los monjes. El comerciante corrió la misma suerte de los dos anteriores.
Ahora bien: encontrándose Pafnucio en su lecho de muerte dijo a los sacerdotes que habían venido a visitarle: En este mundo no se puede despreciar a nadie, aunque sea bandolero, juglar o campesino; no importa si es casado, o si se dedica a los negocios o la comercio, puesto que no hay en esta vida ningún estado en el cual no se encuentren almas agradables a Dios, que ocultamente se dedican a practicar obras que satisfacen a Dios, lo que demuestra que no es la profesión que se ha abrazado ni el aspecto del vestido lo que agrada a Dios sino la pureza de corazón y la rectitud en el obrar.

